Literatura
Española del Siglo XVI
4.- Prosa del Primer Renacimiento 4.2.- El diálogo doctrinal y erasmista
Octavo canto Argumento del octavo canto del gallo En el octavo canto que se sigue el auctor se finge haber sido monja, por notarles algunos intereses que en daño de sus conçiençias tienen. Concluye con una batalla de ranas en imitaçión de Homero. GALLO. Yo me proferí ayer de te dezir lo que
siendo monja passé, y sólo
quiero reservar para mí de qué
orden fue, porque no me saques por rastro. Pero quiero que
sepas que éste es el género de gente más vano
y más perdido y de menos
seso que en el mundo hay: no entra en cuento de los otros estados
y maneras de vivir, porque se preçia de mostrar en su habla,
trato, traje, y conversaçión ser única y particular;
lo que sueñan de noche tienen por revelaçión
de Dios, y en despertando lo ponen por obra como si fuesse
el prinçipal preçepto de su ley; dízense ser
orden de religión, yo digo que es más confusión,
y si algún orden tienen, es en el comer
y dormir, y en lo que toca a religión
es todo aire y liviandad, tan lexos de
la verdadera religión de Cristo como de Hierusalén;
no saben ni entienden sino en mantener parlas
a las redes y locutorios; su prinçipal fundamento es
hazerse de los godos y negar su proprio
y verdadero linaxe. Y ansí luego que yo entré allí
fue como las otras la más profana
y ambiçiosa que nunca fue muger,
y ansí porque mi padre era algo pobre publiqué que mi
madre había tenido amistad con un caballero de donde me había
habido a mí, y por desmentir la huella me mudé luego
el nombre, porque yo me llamaba antes Marina, como mula falsa, y entrando
en el monesterio me llamé Bernaldina, que es nombre estraño,
y trabajé cuanto pude por llamarme doña Bernaldina,
fingiendo la deçendençia y genealogía de mi prosapia
y generaçión; y para esto me favoreçió
mucho la abbadesa, que de puro miedo de mi mala condiçió
[y desasosiego] me procuraba agradar. Acuérdome que un día
envió un pariente mío a visitarme con un paje, y preguntándole
la portera a quién buscaba respondió [el mochacho] que
[buscaba] a Bernardina, y yo acaso estaba allí [junto a la
puerta], y como le oí salí a él con aquella ansia
que tenía que todos me llamassen doña [Bernardina] y
díxele: «O, los diablos te lleven, rapaz, que no te cabe
en esa boca un don donde cabe un pedaço de pan mayor que tú.»
De lo cual di ocasión a todas cuantas estaban allí que
se riesen de mi vanidad. En el margen izquierdo pone: "desvergüenza luterana contra la iglesia" MIÇILO. ¡O gran vanidad!, ¡cuánto mejor fuera que trabajaras por imitar a cualquiera dellos en virtud y costumbres! [...] Duodécimo Canto Argumento del duodécimo canto del gallo En el duodéçimo canto que sigue
el auctor imitando a Luçiano en el diálogo que intituló
Ícaro Menipo, finge subir al cielo y describe lo mucho que
vio allá. [...] Y passando por la región de Eolo, rey de los vientos, vimos una gran multitud de almas colgadas por los cabellos en el aire atadas las manos atrás, y muchos cuervos, grajos y milanos que vivas las comían los coraçones; y entre todas estaba con muy notable dolor una que con gran furia y crueldad la comían el coraçón y entrañas dos muy poderosos y hambrientos buitres, y pregunté a mi genio qué gente era aquélla, el cual me respondió que eran los ingratos que habían cumplido con sus amigos con el viento de palabras, pagándoles con engaño y muerte al tiempo de la neçesidad; y yo le importuné me dixesse quién fuesse aquella desdichada de alma que con tanto afán padeçía entre todas las otras, y él me respondió que era Andrónico, hijo del rey de Hungría, el cual entre todos los hombres del mundo fue más ingrato a la belleza de Drusila, hija del rey de Maçedonia; [...] Decimooctavo Canto Argumento del déçimo octavo canto En el déçimo octavo canto o sueño que se sigue el auctor muestra los grandes daños que en el mundo se siguen por faltar la verdad [del mundo] de entre los hombres. [...] conoçimos una ballena
de grandeza increíble, que en sola la frente con un pedaço
de çerro que se nos descubría sobre las aguas del mar
juzgábamos haber cuatro millas. Venía contra nosotros
abierta la boca soplando muy fiera y espantosamente, que a diez millas
hazía retener el navío con la furia de la ola que ella
arroxaba de sí; de manera que viniendo ella de la parte del
poniente, y caminando nosotros con próspero levante nos forçaba
calmar, y aun volver atrás el camino. Venía desde lexos
espumando y turbando el mar con gran alteraçión. Ya
que estuvimos más çerca, que alcançamos a verla
más en particular, pareçíansele los dientes de
terrible grandeza, de hechura de [grandes] palas, blancos como el
fino marfil. Venimos adelante a juzgar por la grandeza que se nos
mostró sobre las aguas, ser de longura de dos
mil leguas. Pues como nos vimos ya en sus manos y que no le
podíamos evadir, començámonos a abraçar
entre los compañeros y a darnos las manos con grandes lágrimas
y alarido, porque víamos el fin de nuestra vida y compañía
sin remedio alguno estar en aquel punto; y ansí dando ella
un terrible empujón y abriendo la boca nos
tragó, tan sin embaraço [ni estorbo] de dientes
ni paladar que sin tocar en parte alguna, con gavia, velas y xarçia,
y muniçión [y obras muertas], fuemos colados y sorbidos
por la garganta de aquel monstruoso pez sin lisión alguna del
navío hasta llegar a lo muy espaçioso del estómago,
donde había unos campos en que cupieran otras veinte mil. Y
como el navío encalló quedamos espantados de tan admirable
suçeso, sin pensar qué podía ser, y aunque luego
estuvimos algo obscuros porque cerró el paladar para nos tragar,
pero después que nos tuvo dentro y se sosegó traía
abierta la boca, de manera que por allí nos entraba bastante
luz, y con el aire de su contino resolgar nos entretenía el
vivir a mucho descanso y plazer. Pareçióme que ya que
no quiso mi ventura que yo fuesse a las Indias por ver allá,
que era ésta convenible comutaçión, pues fortuna
nos forçaba en aquella cárçel a ver y gustar
de admirables cosas que te contaré;
[Locus amoenus] y mirando alrededor vimos
muy grandes y espaciosos campos de frescas fuentes
y arboledas de diversas y muy suaves
flores y frutas; y ansí todos
saltamos en tierra por gustar y ver aquellas estançias tan
admirables. Començamos a comer de aquellas frutas y a beber
de aquellas sabrosas y delicadas aguas, que nos fue muy suave refeçión.
Estaban por allí infinitos pedaços de hombres, espinas
y huesos de pescados, y otros enteros que nos empidían el andar;
tablas [y] maderos de navíos, áncoras, gavias, másteles,
xarçia, muniçión y artillería, hombres
y otros muchos animales que tragaba por se mantener. Pero salidos
adelante de aquella entrada a un grande espaçio que alcançamos
a ver más de quinientas leguas,
desde un alto monte vimos grandes llanos y campos muy fértiles,
abundantes y hermosos: había muchas aves
de diversos colores adornadas en sus plumas que eran de graçioso
parecer; había águilas, garças papagayos, ruiseñores,
sirgueros y otras espeçies, differençias de graçiosas
aves de mucha hermosura. Pues proveyendo que algunos compañeros
se quedasen a la guarda del navío, y dexándoles la neçesaria
provisión, la mayor cantidad de nosotros fuemos de acuerdo
que fuéssemos a descubrir la tierra [por la reconoçer].
Discurriendo, pues, por aquella deleitosa y fertilíssima tierra,
al fin de dos días, casi al puesto del sol, desçendiendo
de una alta montaña a un valle de mucha arboleda, llegamos
a un río que con mucha abundançia
y frecuençia corría vino
muy suave, [Jauja] tan hondo y tan caudaloso
que por muchas partes podían navegar navíos muy gruesos,
del cual començamos a beber y a gustar, y algunos de nuestros
compañeros se començaron de la bebida a vençer,
y se nos quedaban dormidos por allí que no los podíamos
llevar. Todas las riberas de aquel suave y graçioso río
estaban llenas de muy grandes y fertilíssimas çepas
cargadas de muy copiosas vides, [con sus] pámpanos y racimos
muy sabrosos y de gran gusto; de los cuales començamos a cortar
y comer, y tenían algunas de aquellas çepas
figura y imagen de mugeres que hablando en nuestra lengua natural
nos convidaban con agraçiadas palabras a comer dellas, prometiéndonos
mucho dulçor. Pero a todos aquellos que convençidos
de sus ruegos y halagos llegaban a gustar de su fruto los
dormían y prendían allí, que no eran libres
para se mover y las dexar, ni los podíamos arrancar de allí.
Destas, de su frecuente manar, destilada un contino licor que hazía
ir al río muy caudaloso; aquí en esta ribera hallamos
un padrón de piedra de dos estados alto sobre la tierra, en
el cual estaban unas letras griegas escriptas que mostraban ser de
gran antigüedad, que dezían haber sido éste el
peregrinaje de Bacho. Passado este graçioso
río por algunas partes que se podía vadear, y subida
una pequeña cuesta que ponía differençia entre
este valle de Bacho, desçendimos a otro no menos deleitoso
y de gran sabor, de cuyo gusto y dulçor nos pareçía
beber aquella bebida que dezían los hombres [antiguos] ser
de los dioses por su grande y admirable gusto, a la cual llamaron
el néctar y ambrosía. Éste
tenía una prodigiosa virtud de su naturaleza, que si alguno
escapado del río de Bacho pudiesse llegar a beber deste licor
era maravillosamente consolado y sano de su embriaguez, y era restituido
en su entero y primero juizio, y aun mejorado sin comparación.
Aquí bebimos hasta hartar, y volvimos por los compañeros
y cual a braço, cual acuestas y cual por su pie, los truximos
allí, y sanos caminamos con mucho plazer. No lexos desta suave
y salutífera ribera vimos salir humo, y mirando más
con atençión vimos que se descubrían unas caserías
pobres y pajizas, de lo cual nos alegramos mucho por ver si habitaba
por allí alguna gente como nosotros, con que en aquella prisión
y mazmorra nos pudiéssemos entender y consolar; porque en la
verdad nos pareçía ser aquello
una cosa fantaseada, o de sueño, o que por el rasgo
nos la describía algún ingenioso pintor. Pues con esta
agonía que por muchos días nos hazía andar sin
comer ni beber, sin nos defatigar, llegamos çerca de aquellas
casas, y luego en la entrada hallamos una vieja
de edad increíble, porque en rostro, meneo y color lo
monstró ser ansí. Estaba sentada entre dos muy perenales
fuentes, de la una de las cuales manaba un muy abundante caño
de miel, y de la otra corría otro
caño muy fértil y gruesso de leche
muy cristalino, las cuales dos fuentes bajadas a un vallico que estaba
junto allí se mezclaban y hazían ambas un río
caudal. Estaba la dueña ançiana con una vara en la mano,
con la cual con gran descuido hería en la fuente que tenía
a su mano derecha que corría leche, y a cada golpe hazía
unas campanillas, las cuales corriendo por el arroyo adelante se hazían
muy hermosos requesones, nazulas, natas y quesos
como ruedas de molino, los cuales todos cuando llegaban por
el arroyo abajo, donde se mezclaba la fuente del miel, se hazían
de tanto gusto y sabor que no se puede encareçer. Había
en este río peçes de diversas
formas que tenían sabor del miel y leche. Y como nosotros
la vimos espantámonos por pareçernos una prodigiosa
visión, y ella por el semejante en vernos [como] vista súbita
y no acostumbrada se paró. Pues cuando volvimos en nosotros,
y con esfuerço cobramos el huelgo que con el espanto habíamos
perdido, la saludamos con mucha humildad, dubdosos si nos entendiesse
nuestra lengua, y ella luego con apazible semblante dando a entender
que nos conoçía por de una naturaleza nos correspondió
con la mesma salutaçión, y luego nos preguntó:
«Dezid hijos, ¿cuál ventura os ha traído
en esta tierra, o cuál hado o suerte os cençerró
en esta cárçel y mazmorra?» A la cual yo respondí:
«Señora, no sabemos hasta agora dezir si nuestra buena
o mala fortuna nos ha traído aquí, que aún no
hemos bien reconoçido el bien o mal que en esta tierra hay;
sólo sabemos ser tragados en el mar por un fiero y espantoso
pez, donde lançados creemos que somos muertos, y para esperiençia
o más çertidumbre desto, nos salimos por estos campos
por ver quién habitaba por aquí; y ha querido Dios que
os encontrássemos, y esperamos que será para nuestra
consolaçión, pues vemos no ser nosotros solos los encarçelados
aquí. Agora querríamos de ti, señora, saber quién
eres, qué hazes aquí, si eres naçida del mar
o si eres natural de la tierra como nosotros; y si de alguna parte
de divinidad eres comunicada prophetízanos nuestra buena, o
mala ventura, porque prevenidos nos haga menor mal.» Respondió
la buena dueña: «Ninguna cosa os diré hasta que
en mi casa entréis, porque veo que venís fatigados.
Sentaros heis y comeréis, que una hija mía donzella
hermosa que aquí tengo os lo guisará y aparejará».
Y como éramos todos moços y nos
habló de hija donzella y de comer, todos nos regoçijamos
en el coraçón, y ansí entrando la buena
vieja en su casa dixo con una voz algo alta cuanto bastaba su natural:
«Hija, sal acá, apareja a esta buena gente de comer.»
Luego como entramos y nos sentamos en unos poyos que estaban por allí
salió una donzella de la más bella hermosura y dispusiçión
que nunca naturaleza humana crió; la cual, aunque debajo de
paños y vestidos pobres y desarrapados representaba çelestial
dignidad, porque por los ojos, rostro, boca y frente echaba un resplandor
que a mirarla no nos podíamos sufrir, porque nos hería
con unos rayos de mayor fuerça que los del sol, que como tocaban
el alma éramos ansí como pavesa abrasados, y rendidos
nos postramos a la adorar. Pero ella haziéndonos muestra con
la mano, con una divina magestad nos apartaba de sí, y mandándonos
sentar con una presta diligençia nos puso uvas y [otras] frutas
muchas y suaves, y de unos muy sabrosos peçes; de que perdiendo
el miedo que por la reverençia teníamos a tan alta magestad
comimos y bebimos de un preçioso vino cuanto nos fue menester;
y después que se levantó la mesa, y la vieja nos vio
sosegados, començó a regocijarnos y a demandarnos le
contássemos nuestro camino y suçeso; y yo como vi que
todos mis compañeros callaban y me dexaban la mano en el hablar,
la conté muy por estenso nuestro deseo y cobdiçia con
que vivíamos muchos años en la tierra, y nuestra junta
y conjuraçión, hasta el estado en que estábamos
allí, y después le dixe: «Agora tú, madre
bienaventurada, te suplicamos nos digas si es sueño esto que
vemos, quién sois vosotras y cómo entrastes aquí.»
Con una alhagüeña humildad que de contentarnos mostraba
tener deseo dixo: [Cuento de la Bondad y la
Verdad] «¡O hijos y huéspedes amados, todos
pareçe que tenemos la mesma fortuna, pues por juizio y voluntad
de Dios somos laçados aquí aunque por diversas ocasiones
como oiréis. Sabed que yo soy la Bondad si la habéis
oído dezir por allá; que me crió Dios en la eternidad
de su ser, y esta mi hija es la Verdad que yo engendré, hermosa,
graçiosa, apazible y afable, parienta muy cercana del mesmo
Dios; de su cogeta a ninguno desagradó, ni desabrió
si primero me quisiesse a mí. Enviónos Dios del çielo
al mundo siendo naçidas allá, y todos los que me reçebían
a mí no la podían a ella desechar, pero amada y querida
la amaban como a sí; y ansí moramos entre los primeros
hombres en las casas de los prínçipes [y] reyes, que
con nosotras gobernaban y regían sus repúblicas en paz,
quietud y prosperidad; ni había maliçia, cobdiçia,
ni poquedad que a engaño tuviesse muestra. Andábamos
muy regaladas, sobrellevadas y tenidas de los hombres: el que más
nos podía hospedar, y tenía en su casa, se tenía
por más rico, más poderoso y más valeroso. Andábamos
vestidas y adornadas de preciosas joyas y muy alto brocado. No entrábamos
en casa donde no nos diessen [abundantemente] de comer y beber, y
pessábales porque no reçibíamos más; tanto
era su buen deseo de nos tener. Topábamos cada día a
la Riqueza y [a la] Mentira por las calles por
los lodos arrastradas, baldonadas y escarneçidas, que
todos los hombres por nuestra devoción y amistad gritaban y
corrían, y las echaban de su conversaçión y compañía
como a enemigas de su contento y prosperidad. De lo cual estas dos
falsarias y malas compañeras reçebían grande
injuria y vituperio, y con rabia muy canina buscaban los medios posibles
para se satisfazer; juntábanse cada día en consulta
[ambas] y echábanse a pensar y tratar cualesquiera caminos,
favoreçiéndose de muchos amigos que traían entre
los hombres encubiertos y solapados que no osaban pareçer de
vergüença de nuestros amigos. Estas malditas bastaron
en tiempo a juntar gran parte de gente que por industria de una dueña
pariente suya que se llama Cobdiçia
los persuadieron ir a descubrir aquellas tierras
de las Indias, donde vosotros dezís que íbades
caminando, de donde tanto tesoro salió. Éstas se las
enseñaron y guiaron, dándoles después industria,
ayuda y favor como pudiessen en estas tierras traer grandes piezas
y cargas de oro y de plata, y joyas preçiosas que de los de
aquella tierra estaban menospreçiadas y holladas reconoçiendo
su poco valor. Estas perversas dueñas los forçaron a
aquel trabajo teniendo por averiguado que estos tesoros les serían
bastante medio para entretener su opinión y desarraigarnos
del común conçebimiento nuestra amistad con la cual
estábamos nosotras enseñoreadas en la mayor parte de
la gente hasta allí; y ansí fue que como fueron aquellos
hombres que ellas enviaron en aquellas partes y començaran
a enviar tesoros de grande admiraçión, luego començaron
todos a gustar y a poseer grandes rentas y hazienda; y ansí
andando estas dos falsas hermanas [con aquella parienta casi] de casa
en casa les hizieron [a todos] entender que no había otra nobleza,
ni otra feliçidad sino ser rico un hombre, y que el que no
poseía en su casa [a la riqueza] era ruin y vil; y ansí
se fueron todos corrompiendo y depravando en tanta manera que no se
hablaba ni se trataba otra cosa en particular ni en común.
Ya, desdichadas de nosotras, no teníamos dónde nos acoger,
ni de quién nos favorezer; ninguno nos conoçía,
[ni] amparaba, ni reçebía, y ansí andábamos
a sombra de texados aguardando a que fuesse de noche para salir a
reconoçer amigos, no osando salir de día, porque nos
habían avisado algunos que andaban estas dos traidoras buscándonos
con gran compañía para nos afrontar do quiera que nos
topassen, prinçipalmente si fuesse en lugar solo y sin testigos;
y ansí nosotras, madre y hija, nos fuemos a quexar a los señores
del Consejo real, diziendo que estas falsarias se habían entremetido
en la república muy en daño y corruptela della, y porque
a la sazón estaban consultando açerca de remediar la
gran carestía que había en todas las cosas del reino,
les mostramos [con argumentos muy claros y infalibles], ser la causa
habernos echado todos de sí, [la Bondad y Verdad, madre y hija],
y haber estas perversas hermanas, Riqueza y Mentira, y la Cobdiçia;
las cuales si se remediaban y se echaban fuera, nos ofreçíamos
[y obligábamos] a volver todas las cosas a su primer valor
[y] antiguo, y que en otra manera verían cómo neçesariamente
irían las cosas de peor en peor; y nos quexamos que nos amenaçaban
que nos habían de matar porque ansí éramos avisadas,
que con sus amigos y aliados que eran ya muchos nos andaban buscando
procurando de nos haber. Y los señores del Consejo nos oyeron
muy bien y se apiadaron de nuestra fortuna y nos mandaron dar carta
de amparo, y que diéssemos informaçión cómo
aquéllas nos andaban a buscar para nos afrontar, y que harían
justizia. Y con esto nos salimos del Consejo, y yendo por una ronda
pensado ir más seguras por no nos encontrar con nuestros enemigos,
fuemos espiadas y salteadas en medio de aquella ronda, y saliendo
a nosotras nos tomaron por los cabellos a ambas, y truxiéronnos
por el polvo y lodo gran rato arrastrando, y diéronnos todos
cuantos en compañía llevaban muchas coçes, puñadas
y bofetadas, que por ruin se tenía el que por lo menos no llevaba
en las manos un buen golpe de cabellos, o un pedaço de la ropa
que vestíamos; en fin, nos dexaron con pensamiento que no podíamos
[mucho] vivir. Y ansí como de sus manos nos vimos sueltas,
cogiendo nuestros andrajos, cubriéndonos lo más honestamente
que pudimos nos salimos de la çiudad, no curando de informar
a justiçias, temiéndonos que en el entretanto que informábamos
nos tornarían a encontrar, y nos acabarían aquellas
malvadas; y ansí pensando que en aquellas
tierras de Indias nuevas quedaban sin aquellos tesoros, y las
gentes eran simples y nuevas en la religión, que nos acogerían
allá, embarcamos en una nao; y agora paréçenos
que pues la tierra no nos quiere sufrir nos ha tomado en sí
el mar, y ha echado esta bestia que tragándonos nos tenga presas
aquí, rotas y despedaçadas como veis.» Y maravillándonos
todos deste aconteçimiento, las pregunté cómo
era posible ser en tan breve tiempo desamparadas de sus amigos, que
en toda la çiudad ni en otros pueblos comarcanos no hallasen
de quién se amparar y socorrer. A lo cual la hija sospirando,
como acordándose de la fatiga y miseria en que en aquel tiempo
se vio, dixo: «O huésped dichoso, si el coraçón
me sufriesse a te contar en particular la prueba que de nuestros amigos
hize, admirarte has de ver las fuerças que tuvieron aquellas
malvadas; témome que acordándome de tan grande injuria
fenezca yo hoy. Tú sabrás que entre
todos mis amigos yo tenía un sabio y ançiano juez,
el cual engañado por estas malvadas y aborreçiéndome
a mí, por augmentar en gran cantidad su hacienda, torcía
de cada día las leyes, pervertiendo todo el derecho
canónico y çevil, y porque un día se lo dixe,
dándome un empujón por me echar de sí, me
metió la vara por un ojo que [casi] me lo sacó,
y mi madre me le tornó a dereçar; y porque a un escribano
que escribía ante él le dixe que passaba el arançel
me respondió que si por la tassa del arançel en la paga
de los derechos se hubiese de seguir no ganaría para çapatos,
ni para pan; y porque le dixe que por qué interlineaba los
contratos, enojándose me tiró
con la pluma un tildón por el rostro, que me hizo esta
señal que ves aquí que tardó un mes en se me
sanar. Y de allí me fue a casa de un mercader
y demandéle me diesse un poco de paño de que me vestir,
y él luego me lo puso en el mostrador, en el cual, aunque de
mi naturaleza yo tenía ojos más perspicaces que de linçe,
no le podía ver, y rogándole que me diesse un poco de
más luz se enojó; demandéle
el preçio rogándole [que] tuviesse respecto a nuestra
amistad, y luego me mostró un papel que con gran juramento
afirmó ser aquél el verdadero valor y coste que le tenía,
y que por nuestra amistad lo pagasse por allí; y yo afirmé
ser aquéllos lexos de mí, y porque no me entendió
esta palabra que le dixe me preguntó qué dezía,
al cual yo repliqué que aquél creía yo ser el
costo cargando cada vara de aquel paño
cuantas gallinas y pasteles, vino, puterías y juegos y desórdenes
habían hecho él y sus criados en la feria, y
por el camino de ir y venir allá. FIN DEL DÉCIMO OCTAVO CANTO Félix de Bracquemond (1833-1914) Si quieres leer el libro completo puedes hacerlo en la dirección de abajo http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-crotalon--0/html/ También puedes leer unos fragmentos del diálogo de Luciano El gallo si pinchas aquí, o leerlo completo junto con Ícaro Menipo (que también influye en este diálogo de Valdés) en la edición que ya te recomendé a propósito del Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés: http://bib.us.es/guiaspormaterias/ayuda_invest/derecho/dialogosMoralesDeLuciano.htm |