I, Crisi 4ª: "El despeñadero
de la vida"
[Critilo]—Lleváronseme
dos prendas del alma de una vez, con que fue doblado
y mortal mi sentimiento: la una era Felisinda, y otra
más que llevaba en sus entrañas, desdichada
ya por ser mía. Hiciéronse a la vela, y
aumentaban el viento mis suspiros. Engolfados ellos y
anegado yo en un mar de llanto, quedé en aquella
cárcel eternizado
en calabozos, pobre y de todos, si no de mis enemigos,
olvidado. Cual suele el que se despeña un monte
abajo ir sembrando despojos, aquí deja el sombrero,
allá la capa, en una parte los ojos y en otra las
narices, hasta perder la vida quedando reventado en el
profundo: así yo, luego que deslicé en aquel
despeñadero de marfil,
tanto más peligroso cuando más agradable,
comencé a ir rodando y despeñándome
de unas desdichas en otras, dejando en cada tope, aquí
la hacienda, allá la honra, la salud, los padres,
los amigos y mi libertad, quedando como sepultado en una
cárcel, abismo de desdichas. Mas no digo bien,
pues lo que me acarreó de males la riqueza, me
restituyó en bienes la pobreza. Puédolo
decir con verdad, pues que aquí hallé la
sabiduría (que hasta entonces no la había
conocido), aquí el desengaño,
la experiencia y la salud de cuerpo y alma. Viéndome
sin amigos vivos, apelé a los muertos. Di
en leer, comencé a saber y a ser
persona (que hasta entonces no había vivido
la vida racional, sino la bestial), fui llenando el alma
de verdades y de prendas, conseguí la sabiduría
y con ella el bien obrar, que ilustrado una vez el entendimiento,
con facilidad endereza la ciega voluntad: él quedó
rico de noticias, y ella de virtudes. Bien es verdad que
abrí los ojos cuando no hubo ya que ver, que así
acontece de ordinario. Estudié las nobles artes
y las sublimes ciencias, entregándome con afición
especial a la moral filosofía, pasto del juicio,
centro de la razón y vida de la cordura. Mejoré
de amigos, trocando un mozo liviano por un Catón
severo, y un necio por un Séneca: un rato escuchaba
a Sócrates y otro al divino Platón. Con
esto pasaba con alivio y aun con gusto aquella sepultura
de vivos, laberinto de mi libertad.