Literatura Española del Siglo XVII

07.- GRACIÁN

2.- El criticón

2.2.1.- Vida de Critilo y Andrenio:

I, Crisi 4ª: "El despeñadero de la vida"

[Critilo]—Lleváronseme dos prendas del alma de una vez, con que fue doblado y mortal mi sentimiento: la una era Felisinda, y otra más que llevaba en sus entrañas, desdichada ya por ser mía. Hiciéronse a la vela, y aumentaban el viento mis suspiros. Engolfados ellos y anegado yo en un mar de llanto, quedé en aquella cárcel eternizado en calabozos, pobre y de todos, si no de mis enemigos, olvidado. Cual suele el que se despeña un monte abajo ir sembrando despojos, aquí deja el sombrero, allá la capa, en una parte los ojos y en otra las narices, hasta perder la vida quedando reventado en el profundo: así yo, luego que deslicé en aquel despeñadero de marfil, tanto más peligroso cuando más agradable, comencé a ir rodando y despeñándome de unas desdichas en otras, dejando en cada tope, aquí la hacienda, allá la honra, la salud, los padres, los amigos y mi libertad, quedando como sepultado en una cárcel, abismo de desdichas. Mas no digo bien, pues lo que me acarreó de males la riqueza, me restituyó en bienes la pobreza. Puédolo decir con verdad, pues que aquí hallé la sabiduría (que hasta entonces no la había conocido), aquí el desengaño, la experiencia y la salud de cuerpo y alma. Viéndome sin amigos vivos, apelé a los muertos. Di en leer, comencé a saber y a ser persona (que hasta entonces no había vivido la vida racional, sino la bestial), fui llenando el alma de verdades y de prendas, conseguí la sabiduría y con ella el bien obrar, que ilustrado una vez el entendimiento, con facilidad endereza la ciega voluntad: él quedó rico de noticias, y ella de virtudes. Bien es verdad que abrí los ojos cuando no hubo ya que ver, que así acontece de ordinario. Estudié las nobles artes y las sublimes ciencias, entregándome con afición especial a la moral filosofía, pasto del juicio, centro de la razón y vida de la cordura. Mejoré de amigos, trocando un mozo liviano por un Catón severo, y un necio por un Séneca: un rato escuchaba a Sócrates y otro al divino Platón. Con esto pasaba con alivio y aun con gusto aquella sepultura de vivos, laberinto de mi libertad.