MASTER EN LITERATURA COMPARADA EUROPEA

El cuento europeo y España

01.- Pedro Alfonso, el primer español autor de cuentos "europeo".

La disciplina clericalis en Europa
 

Cuento II.- El amigo íntegro

01.-GESTA ROMANORUM

CAP. 171.- Sobre el amor y la fidelidad excesiva y sobre cómo la verdad libera de la muerte.

Refiere Pedro Alfonso que había dos caballeros que vivían uno en Egipto y otro en Baldach. Entre ambos caballeros hubo una permanente comunicación a través de dos mensajeros, pues el que vivía en Egipto informaba al de Baldach de todo lo que sucedía en Egipto, y al contrario. De este modo surgió entre ellos un amor fiel, a pesar de que aún no se habían visto nunca. Una vez, el caballero de Baldach pensó para sí mientras yacía en el lecho: «Mi compañero de Egipto me da muestras de una gran amistad y, sin embargo, nunca lo he visto con mis propios ojos; me dirigiré a él y lo veré». Inmediatamente se embarcó y llegó a Egipto. En cuanto su amigo se enteró, corrió a su encuentro y lo condujo a casa lleno de alegría. Sin embargo, el caballero de Egipto tenía en su casa una joven muy hermosa. El caballero de Baldach, en cuanto la vio, quedó prendado de sus ojos y cayó enfermo por el gran amor que sentía por ella. El caballero de Egipto, por su parte, tan pronto como se dio cuenta de esto, le dijo: «Queridísimo, dime qué te ocurre». «Hay en tu casa una joven», replicó él, «a la que desea mi alma con todo el corazón, hasta tal punto que si no la consigo, seré hijo de la muerte». Cuando el caballero hubo escuchado esto, le mostró todas las mujeres de su casa, excepto aquella joven. Después de haberlas visto a todas, dijo el de Baldach: «De todas éstas obtengo escaso consuelo, por no decir ninguno: pero hay otra a la que no veo aquí, que es la que mi corazón ansía». Al fin le mostró a aquella joven y, tras haberla visto, dijo: «Queridísimo, únicamente de ésta depende mi muerte o mi vida». «Y yo te digo», replicó el caballero egipcio, «que a ésta la he criado en mi casa desde su infancia con el propósito de que fuese mi esposa y para obtener con ella infinitos tesoros; sin embargo, te quiero tanto que antes de que mueras te la cedo como esposa con todas las riquezas que yo debería recibir». El otro caballero, al oírlo, se puso muy contento y se casó con ella, recibiendo además muchas riquezas, y así se marchó con ella a su patria Baldach. Poco tiempo después, el caballero de Egipto devino en tanta pobreza que no tenía ni casa ni cosa alguna. Pensó entonces para sí: «Yo soy pobre; ¿a quién podré acudir mejor que a mi compañero de Baldach, a quien hice rico? Él me socorrerá en mi necesidad». Así pues, se embarcó y llegó después de la puesta del sol a Baldach, ciudad en la que vivía su rico compañero. Pero pensó dentro de sí: «Es de noche; si me dirijo ahora a casa de mi amigo, no me reconocerá porque estoy mal vestido y, además, no tengo a nadie conmigo, a pesar de que en otro tiempo solía ir acompañado de una gran servidumbre y abundar en todo. Descansaré esta noche, pensó para sí, y mañana me dirigiré a él». Dirigió su mirada hacia el cementerio, vio la puerta de la iglesia abierta y entró para descansar toda la noche. Pero, después de un rato, mientras intentaba conciliar el sueño, dos individuos peleaban entre sí en la plaza y, finalmente, uno dio muerte al otro. El asesino huyó al cementerio y salió por la puerta trasera. Después de esto se originó un griterío en la ciudad: «¿Dónde está el asesino, dónde el traidor que ha cometido el asesinato?». «Soy yo», respondió el caballero de Egipto, «detenedme y colgadme en el patíbulo». Ellos lo aprehendieron y lo encerraron en la cárcel toda la noche. Por la mañana, sin embargo, fue tocada la campana de la ciudad, el juez lo condenó y lo condujeron al patíbulo, pero entre los que lo seguían estaba el caballero amigo suyo en cuya busca había venido. Al ver que era conducido a la horca, dijo dentro de sí: «Aquel es mi compañero de Egipto, el que me hizo entrega de mi esposa junto con muchas riquezas; ¿voy a seguir viviendo yo, mientras él se dirige a la horca?». Gritó en alta voz y dijo: «¡Oh, queridísimos!, no deis muerte a un inocente. Ese a quien lleváis a la muerte no ha cometido delito alguno; yo, en cambio, soy quien cometió el asesinato y no él». Al oír esto, lo detuvieron y condujeron a ambos al patíbulo, pero, cuando ya estaban cerca del lugar del suplicio, el verdadero culpable pensó: «Puesto que yo soy el culpable de este delito, si permito que mueran estos inocentes, no podrá ocurrir otra cosa sino que Dios se vengue de mí en algún momento; es mejor para mí sufrir aquí un breve suplicio que soportar la condena eterna en el infierno». Por tanto, gritó con fuerte voz: «¡Oh, queridísimos, por Dios, no matéis a unos inocentes! Ninguno de ellos ha proporcionado pruebas, ni de palabra ni de obra, de haber asesinado al que ha muerto, sino que he sido yo quien lo ha matado con mis propias manos; por tanto, dadme muerte a mí y dejad libres a esos inocentes». Aquellos, al oír esto, se quedaron admirados, lo aprehendieron y llevaron a los tres ante el juez. Éste, al verlos, lleno de asombro, dijo: «¿Por qué habéis vuelto?». Ellos le contaron todo lo sucedido de principio a fin. «Queridísimo», dijo el juez al primer caballero, «¿por qué razón dijiste que habías asesinado a aquel hombre?». «Os diré la verdad sin engaño», respondió él. «Fui rico en mi tierra, en Egipto, y tenía abundancia de todo; después llegué a un estado de tal necesidad que no tenía ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Entré en esta tierra arrastrado por la vergüenza para ver si podía conseguir algún remedio; por ese motivo dije que había cometido el asesinato, pues prefería morir con gusto a vivir, y aún pido por Dios que me des muerte». «Y tú, queridísimo», preguntó el juez al segundo caballero, el de Baldach, «¿por qué dijiste que habías cometido el asesinato?». «Señor», contestó él, «este caballero me proporcionó, junto con infinitas riquezas, la esposa que había criado para sí mismo; gracias a él me hice rico en todo. Cuando vi que era conducido al patíbulo mi compañero, tan querido, el que me proporcionó tantas y tantas cosas, grité en voz alta: "Yo soy el culpable de su muerte y no él, porque quería morir gustosamente por su amor"». «¿Por qué razón dijiste que habías asesinado al hombre?», preguntó el juez al verdadero asesino. «Señor», respondió éste, «dije la verdad; hubiera sido un pecado grave si hubiese permitido que murieran unos inocentes mientras yo seguía con vida; por eso elegí decir la verdad y sufrir aquí la pena, antes que personas inocentes fueran condenadas sin culpa, y por ello fuera castigado después en el infierno o en otra parte». «Puesto que has dicho la verdad y has salvado a unas personas inocentes», dijo el juez, «intenta enmendar tu vida completamente; yo te perdono la muerte. Ve, por tanto, en paz». Todos los que presenciaban el juicio alabaron al juez por haber dictado una sentencia tan benigna, a favor del culpable, precisamente por haber confesado la verdad.

Moralización
Queridísimos, este emperador es el Padre Celestial; los dos caballeros, Nuestro Señor Jesucristo y Adán, nuestro primer padre; Jesucristo vivió en Egipto, según aquello: «De Egipto llamé a mi hijo». Adán, nuestro primer padre, fue moldeado en Damasco. Entre éstos existía una gran amistad y se intercambiaron mensajeros cuando el Padre hablaba al Hijo y al Espíritu Santo diciendo: «Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra». Después el caballero se trasladó a Baldach, es decir, Adán se trasladó al paraíso, a la casa de Nuestro Señor Jesucristo; en aquella casa vio a una bella joven, a saber, el alma, por la que se sintió atraído, y Dios se la entregó junto con infinitas riquezas y le constituyó en señor del mundo de acuerdo con aquello del Salmista: «Todo lo pusiste bajo, etc.». Se dirigió a este mundo con su esposa. Después de esto, el caballero, es decir, Nuestro Señor Jesucristo se convirtió en necesitado y pobre, según aquello: «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, en cambio, el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Vino a este mundo en el que estaban enfrentados dos, a saber, la carne y el espíritu. Cristo entró en el templo, es decir, en el vientre de la bienaventurada Virgen, de acuerdo con aquello: «El templo de Dios, que sois vosotros, es santo». Uno dio muerte a otro, es decir, la carne al espíritu. Se produjo un clamor en la tierra y en el cielo por la muerte del espíritu cuando Adán pecó. Muchos lo seguían, esto es, los judíos lo buscaban con palos, faroles y espadas; él, sin embargo, como caballero se hizo responsable del pecado del otro: «Perdónalos, soy yo; permíteles marchar». Al instante, él en persona se ofreció a morir en la cruz por el género humano. Por el segundo caballero, el que se ofreció a morir por su compañero, debemos entender a los apóstoles, pues murieron por el nombre y la verdad de Cristo; por el tercero, el que decía: «Yo soy el reo, etc.», debemos entender el pecador, que debe decir la verdad desnuda en la confesión: «Yo soy el que ha pecado, el que obré mal y cometí iniquidad». Y si obraseis así, sin duda el juez cambiará la sentencia contra vosotros en el día del juicio y obtendréis la vida eterna. A la que, etc.

(AKAL, 04)