Literatura Española del Siglo XVII

BREVE SELECCIÓN DE TEXTOS DE LAS SOLEDADES

 

DEDICATORIA AL DUQUE DE BÉJAR


Pasos de un peregrino son errante
cuantos me dictó versos dulce Musa,
en soledad confusa
perdidos unos, otros inspirados.

¡Oh tú que, de venablos impedido, 5
muros de abeto, almenas de diamante,
bates los montes, que de nieve armados,
gigantes de cristal los teme el cielo,
donde el cuerno, del eco repetido,
fieras te expone, que al teñido suelo 10
muertas pidiendo términos disformes,
espumoso coral le dan al Tormes!:

arrima a un fresno el fresno, cuyo acero,
sangre sudando, en tiempo hará breve
purpurear la nieve, 15
y en cuanto da el solícito montero,
al duro robre, al pino levantado,
émulos vividores de las peñas,
las formidables señas
del oso que aun besaba, atravesado, 20
la asta de tu luciente jabalina,
o lo sagrado supla de la encina
lo augusto del dosel, o de la fuente
la alta cenefa lo majestüoso
del sitïal a tu deidad debido, 25
¡oh Duque esclarecido!,
templa en sus ondas tu fatiga ardiente,
y entregados tus miembros al reposo
sobre el de grama césped no desnudo,
déjate un rato hallar del pie acertado 30
que sus errantes pasos ha votado
a la real cadena de tu escudo.

Honre süave, generoso nudo,
Libertad de Fortuna perseguida;
que a tu piedad Euterpe agradecida 35
su canoro dará dulce instrumento,
cuando la Fama no su trompa al viento.

SOLEDAD PRIMERA

[Día 1º]

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
(media luna las armas de su frente,
y el Sol todos los rayos de su pelo),
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
--náufrago y desdeñado, sobre ausente--,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar, que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arïón dulce instrumento.
Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto,
piadoso miembro roto,
--breve tabla--, delfín no fue pequeño [como a Arión]
al inconsiderado peregrino,
que a una Libia de ondas su camino
fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
y luego vomitado
no lejos de un escollo coronado
de secos juncos, de calientes plumas
--alga todo y espumas--,
halló hospitalidad donde halló nido
de Júpiter el ave.
Besa la arena, y de la rota nave
aquella parte poca
que le expuso en la playa dio a la roca:
que aun se dejan las peñas
lisonjear de agradecidas señas.
Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido,
restituir le hace a las arenas;
y al Sol lo extiende luego,
que, lamiéndolo apenas
su dulce lengua de templado fuego,
lento lo embiste, y con süave estilo
la menor onda chupa al menor hilo.

No bien pues de su luz los horizontes,
--que hacían desigual, confusamente,
montes de agua y piélagos de montes--,
desdorados los siente,
cuando, --entregado el mísero extranjero
en lo que ya del mar redimió fiero--,
entre espinas crepúsculos pisando,
riscos que aun igualara mal volando
veloz, intrépida ala,
--menos cansado que confuso--, escala.
Vencida al fin la cumbre,
--del mar siempre sonante,
de la muda campaña
árbitro igual e inexpugnable muro--,
con pie ya más seguro
declina al vacilante
breve esplendor del mal distinta lumbre:
farol de una cabaña
que sobre el ferro está, en aquel incierto
golfo de sombras anunciando el puerto.

«Rayos, les dice, ya que no de Leda [voz del peregrino]
trémulos hijos, sed de mi fortuna
término luminoso.» Y recelando
de invidïosa bárbara arboleda
interposición, cuando
de vientos no conjuración alguna,
cual haciendo el villano
la fragosa montaña fácil llano,
atento sigue aquella
(aun a pesar de las tinieblas bella,
aun a pesar de las estrellas clara)
piedra, indigna tïara,
si tradición apócrifa no miente,
de animal tenebroso, cuya frente
carro es brillante de nocturno día:
tal, diligente, el paso
el joven apresura,
midiendo la espesura
con igual pie que el raso,
fijo, a despecho de la niebla fría,
en el carbunclo, Norte de su aguja,
o el Austro brame, o la arboleda cruja.

El can ya vigilante
convoca, despidiendo al caminante,
y la que desvïada
luz poca pareció, tanta es vecina,
que yace en ella robusta encina,
mariposa en cenizas desatada.

Llegó pues el mancebo, y saludado,
sin ambición, sin pompa de palabras,
de los conducidores fue de cabras,
que a Vulcano tenían coronado.


[BEATUS ILLE]

«¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora,
templo de Pales, alquería de Flora!
No moderno artificio
borró designios, bosquejó modelos,
al cóncavo ajustando de los cielos
el sublime edificio;
retamas sobre robre
tu fábrica son pobre,
do guarda, en vez de acero,
la inocencia al cabrero
más que el silbo al ganado.
¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora!

No en ti la ambición mora
hidrópica de viento,
ni la que su alimento
el áspid es gitano;
no la que, en vulto comenzando humano,
acaba en mortal fiera,
esfinge bachillera,
que hace hoy a Narciso 115
Ecos solicitar, desdeñar fuentes;
ni la que en salvas gasta impertinentes
la pólvora del tiempo más preciso;
ceremonia profana
que la sinceridad burla villana
sobre el corvo cayado.
¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora!

Tus umbrales ignora
la adulación, sirena
de Reales Palacios, cuya arena
besó ya tanto leño,
trofeos dulces de un canoro sueño.
No a la soberbia está aquí la mentira
dorándole los pies, en cuanto gira
la esfera de sus plumas,
ni de los rayos baja a las espumas
favor de cera alado.
¡Oh bienaventurado
albergue a cualquier hora!»

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[Día 2º]

[BODEGÓN]

Bajaba entre sí el joven admirando
armado a Pan, o semicapro a Marte,
en el pastor mentidos, que con arte 235
culto principio dio al discurso, cuando
rémora de sus pasos fue su oído,
dulcemente impedido
de canoro instrumento, que pulsado
era de una serrana junto a un tronco, 240
sobre un arroyo de quejarse ronco,
mudo sus ondas, cuando no enfrenado.

Otra con ella montaraz zagala
juntaba el cristal líquido al humano
por el arcaduz bello de una mano 245
que al uno menosprecia, al otro iguala.

Del verde margen otra las mejores
rosas traslada y lilios al cabello,
o por lo matizado o por lo bello,
si Aurora no con rayos, Sol con flores. 250

Negras pizarras entre blancos dedos
ingenïosa hiere otra, que dudo
que aun los peñascos la escucharan quedos.
Al son pues deste rudo
sonoroso instrumento, 255
lasciva el movimiento,
mas los ojos honesta,
altera otra bailando la floresta.

Tantas al fin el arroyuelo, y tantas
montañesas da el prado, que dirías 260
ser menos las que verdes Hamadrías
abortaron las plantas:
inundación hermosa
que la montaña hizo populosa
de sus aldeas todas 265
a pastorales bodas.

De una encina embebido
en lo cóncavo, el joven mantenía
la vista de hermosura, y el oído
de métrica armonía. 270
El Sileno buscaba
de aquellas que la sierra dio Bacantes,
ya que Ninfas las niega ser errantes
el hombro sin aljaba,
o si del Termodonte, 275
émulo del arroyuelo desatado
de aquel fragoso monte,
escuadrón de Amazonas desarmado
tremola en sus riberas
pacíficas banderas. 280

Vulgo lascivo erraba
al voto del mancebo,
el yugo de ambos sexos sacudido,
al tiempo que, de flores impedido
el que ya serenaba 285
la región de su frente rayo nuevo,
purpúrea terneruela, conducida
de su madre, no menos enramada,
entre albogues se ofrece, acompañada
de juventud florida. 290

Veronés: Rapto de Europa (Venecia, h. 1580)

Cuál dellos las pendientes sumas graves
de negras baja, de crestadas aves,
cuyo lascivo esposo vigilante
doméstico es del Sol nuncio canoro,
y—de coral barbado— no de oro 295
ciñe, sino de púrpura, turbante.

Quién la cerviz oprime
con la manchada copia
de los cabritos más retozadores,
tan golosos, que gime 300
el que menos peinar puede las flores
de su guirnalda propia.

No el sitio, no, fragoso,
no el torcido taladro de la tierra,
privilegió en la sierra 305
la paz del conejuelo temeroso:
trofeo ya su número es a un hombro,
si carga no y asombro.

Tú, ave peregrina,
arrogante esplendor —ya que no bello— 310
del último Occidente:
penda el rugoso nácar de tu frente
sobre el crespo zafiro de tu cuello,
que Himeneo a sus mesas te destina.

Sobre dos hombros larga vara ostenta 315
en cien aves cien picos de rubíes,
tafiletes calzadas carmesíes,
emulación y afrenta
aun de los Berberiscos,
en la inculta región de aquellos riscos. 320

Lo que lloró la Aurora
—si es néctar lo que llora—,
y antes que el Sol enjuga
la abeja que madruga
a libar flores y a chupar cristales, 325
en celdas de oro líquido, en panales
la orza contenía
que un montañés traía.

No excedía la oreja
el pululante ramo 330
del ternezuelo gamo,
que mal llevar se deja
y con razón: que el tálamo desdeña
la sombra aun de lisonja tan pequeña.

El arco del camino, pues, torcido, 335
—que habían con trabajo
por la fragosa cuerda del atajo
las gallardas serranas desmentid
o—,
de la cansada juventud vencido,
—los fuertes hombros con las cargas graves, 340
treguas hechas suaves—
sueño le ofrece a quien buscó descanso
el ya sañudo arroyo, ahora manso:
merced de la hermosura que ha hospedado,
efectos, si no dulces, del concento 345
que, en las lucientes de marfil clavijas,
las duras cuerdas de las negras guijas
hicieron a su curso acelerado,
en cuanto a su furor perdonó el viento.

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[Día 3º]

[CANTO AMEBEO DE LA PRIMERA SOLEDAD]

CORO I
«Ven, Himeneo, ven donde te espera,
con ojos y sin alas, un Cupido
cuyo cabello intonso dulcemente
niega el vello que el vulto ha colorido:
el vello, flores de su primavera,
y rayos el cabello de su frente.
Niño amó la que adora adolescente,
villana Psiques, Ninfa labradora
de la tostada Ceres. Ésta ahora,
en los inciertos de su edad segunda
crepúsculos, vincule tu coyunda
a su ardiente deseo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo

CORO II
«Ven, Himeneo, donde entre arreboles
de honesto rosicler, previene el día,
aurora de sus ojos soberanos,
virgen tan bella, que hacer podría
tórrida la Noruega con dos soles,
y blanca la Etïopia con dos manos.
Claveles del abril, rubíes tempranos,
cuantos engasta el oro del cabello,
cuantas (del uno ya y del otro cuello
cadenas) la concordia engarza rosas,
de sus mejillas siempre vergonzosas
purpúreo son trofeo.
Ven, Himeneo, ven; ven, Himeneo.» [4 estancias más]

 

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2ª SOLEDAD

[CANTO AMEBEO]

Lícidas, gloria en tanto
de la playa, Micón de sus arenas
--invidia de sirenas,
convocación su canto
de músicos delfines, aunque mudos--
en números no rudos
el primero se queja
de la culta Leucipe,
décimo esplendor bello de Aganipe;
de Cloris el segundo,
escollo de cristal, meta del mundo.

LÍCIDAS

«¿A qué piensas, barquilla,
pobre ya cuna de mi edad primera,
que cisne te conduzgo a esta ribera?
A cantar dulce, y a morirme luego; 545
si te perdona el fuego
que mis huesos vinculan, en su orilla
tumba te bese el mar, vuelta la quilla.»
MICÓN «Cansado leño mío,
hijo del bosque y padre de mi vida, 550
de tus remos ahora conducida
a desatarse en lágrimas cantando,
el doliente, si blando,
curso del llanto métrico te fío,
nadante urna de canoro río.» 555

LÍCIDAS «Las rugosas veneras,
fecundas no de aljófar blanco el seno,
ni del que enciende el mar tirio veneno,
entre crespos buscaba caracoles,
cuando de tus dos soles 560
fulminado ya, señas no ligeras
de mis cenizas dieron tus riberas.»
MICÓN «Distinguir sabía apenas
el menor leño de la mayor urca
que velera un Neptuno y otro surca, 565
y tus prisiones ya arrastraba graves;
si dudas lo que sabes,
lee cuanto han impreso en tus arenas,
a pesar de los vientos, mis cadenas.»

LÍCIDAS «Las que el cielo mercedes 570
hizo a mi forma, ¡oh dulce mi enemiga!,
lisonja no, serenidad lo diga
de limpia cosultada ya laguna,
y los de mi fortuna
privilegios, el mar, a quien di redes 575
más que a la selva lazos Ganimedes.»
MICÓN «No ondas, no luciente
cristal, agua al fin dulcemente dura,
invidia califique mi figura
de musculosos jóvenes desnudos. 580
Menos dio al bosque nudos
que yo al mar, el que a un dios hizo valiente
mentir cerdas, celoso espumar diente.»
[... 1 estancia]

 

LÍCIDAS «Esta en plantas no escrita,
en piedras sí, firmeza honre Himeneo,
calzándole talares mi deseo, 600
que el tiempo vuela. Goza pues ahora
los lilios de tu aurora,

que al tramontar del Sol mal solicita
abeja aun negligente flor marchita.»
MICÓN «Si fe tanta no en vano 605
desafía las rocas donde impresa
con labio alterno mucho mar la besa,
nupcial la califique tea luciente.
Mira que la edad miente,
mira que del almendro más lozano 610
Parca es interïor breve gusano.»

 

 

 

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